Era una noche cerrada. La oscuridad inundaba cada resquicio de la pequeña y triste habitación. Todos en la casa descansaban plácidamente en sus camas desde hacía rato, después de la larga jornada.
Mientras, en su cuarto, ella meditaba. A pesar de estar la casa repleta de sus seres queridos, no encontraba tranquilidad en el hogar. Se sentía una extraña en su propia casa. Durante el día evitaba las miradas encontradas y las conversaciones cotidianas. -¿Para qué?- Se repetía a sí misma.- ¿Para qué hablar cuando las palabras carecen ya de todo su valor? ¿Si no son más que sombras de lo que fueron? ¿Si acaso lo más que consiga con ellas, sea empeorar la situación?-.
No establecía contacto con el resto, al igual que los demás tampoco trataban de establecerlo con ella. Las relaciones, consecuencia de tantas discusiones, se habían tornado simples: no molestas y no eres molestado. A pesar de ello, la tensión se palpaba en el ambiente a cada instante.
Nunca habían expresado gran entusiasmo por las muestras afectivas; pero aquello quizás comenzaba a rayar lo excesivo. Nadie hubiese dicho que se conocían de toda la vida, de no ser por aquellos breves instantes en los que se producía algún tipo de acercamiento con su padre. Esos momentos, aunque fugaces, despertaban en su mente recuerdos de lo que una vez fue; y la llenaban de amargura.
Así es, sentía pena de sí misma. ¿Existe algo más lamentable y más inútil en este mundo que la autocompasión? -Compadecerse de uno mismo, y esconderse detrás de justificaciones es siempre la opción más fácil. Lo difícil es enfrentarse a los hechos y enmendar los fallos del pasado-. ¿Cuántas veces los habría escuchado decir eso? Había perdido ya la cuenta. Tenían razón. Sabía que para ellos, sus padres, era una gran decepción. Se había convertido en el claro ejemplo de todo lo que ellos odiaban en una persona. Costaría tanto esfuerzo cambiar y recuperar la confianza perdida…
En ese momento, inmersa en sus divagaciones nocturnas, percibió un destello de luz que bailaba al son de unos acordes. Una leve sonrisa iluminó su rostro. Las preocupaciones que nublaban su mente, se esfumaron al instante. Era ridículo, pero no seguiría triste esa noche. No merecía la pena. Sonrió con ganas y se acomodó en su lecho, abrazando a su compañera de sueños.
A la mañana siguiente volverían sus inseguridades, pero en ese momento, acurrucada bajo el edredón, era feliz. Sentía en su pecho encenderse con una alegría juvenil. Era boba. Lo sabía. Pero ya nada importaba. Cerró los ojos y se rindió ante el mar onírico que aguardaba su presencia con los brazos abiertos.
O_o Wala!!! :D
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